Ontologías

As relações entre desenho e pintura têm, na chave da complementação, sua fala mais usual. Em consequência, traz o par projeto-obra e marca a distância entre os degraus do pensar, e do fazer. Neste arranjo o que cabe na obra está implícito no projeto. O moderno nos mostrou o desenho encarnado na pintura, sem que se possa desunir esse corpo e alma do fatal abraço.

Pensar o desenho na produção de Marcos Amaro de 2020 requer uma lógica outra. Aqui, o desenho em sua autonomia nada representa. Como fio condutor de pulsões, liga alumbramentos da vida psíquica ao papel, lugar de encontro de figuras do desejo, sem o retoque da racionalização. Frente à pintura, este desejo-desenho é um disparador, cujos traços, enervamento condutor, liga brotas da memória e da existência à superfície do suporte, pele da pintura.

A conversão de ações da pintura em ações do desejo envolve derivações, rearranjos, quase apagamentos, retomadas. Figurantes e protagonistas em comutação de papéis, se ressignificam e relocam-se em outros riscos de imaginário. O processo da pintura move, passo a passo, o percurso em espiral, até então improvável . O que transborda da vida se envasa na pintura até atingir o nível de equilíbrio entre o limite do pintor, e o limite da pintura. Atinge-se, assim, a cada nova obra um novo trecho da espiral em que o pintor, ao devotar-se a pintura, é por ela recriado como ser-pintor. Ao girar um pouco mais a mó deste engenho que se inventou no movimento motriz do ser-pintor, no sendo e fazendo a pintura.

Estabelecidas em seu conjunto, as pinturas não se expõem a classificação a priori, e sim ao olhar isento de enquadramento – por não percorrerem caminhos já batidos, colocam-se distantes de estéticas emolduradas. Distantes do caminho que introduziu o Objeto da Pintura em lugar do objeto da natureza, presente em obras emblemáticas, desde a sua aparição nas telas do cubismo, e que, na continuação, toma outro viés na relação dialética entre cubismo e expressionismo.  Aqui, refiro-me a chave estética extensa e mutante, que resultou da rivalidade entre a natureza da pintura e pintura da natureza. Este processo que seguiu determinou pinturas e imaginários outros, ao garimpar na existência suas figuras. Esta chave acolhe exemplarmente a pintura de Bacon e, nas letras, o texto de seu êmulo, Beckett.

Las relaciones entre dibujo y pintura tienen, en la llave de la complementación, su relato más usual. Como consecuencia, representa la pareja proyecto-obra y marca la distancia entre los escalones del pensar y del hacer. Este arreglo que cabe en la obra está implícito en el proyecto. Lo moderno nos mostró el dibujo encarnado en la pintura, sin que se pueda desunir ese cuerpo y alma del fatal abrazo.

Pensar el dibujo en la producción de Marcos Amaro de 2020 requiere otra lógica. Aquí, el dibujo en su autonomía nada representa. Como hilo conductor de pulsiones, une alumbramientos de la vida psíquica con el papel, lugar de encuentro de figuras del deseo, sin el retoque de la racionalización. Ante la pintura, este deseo-dibujo es un disparador, cuyos trazos, enervamiento conductor, une brotes de la memoria y de la existencia en la superficie del soporte, piel de la pintura.

La conversión de acciones de la pintura en acciones del deseo implica derivaciones, rearreglos, casi apagamientos, retomadas. Figurantes y protagonistas en conmutación de roles, se resignifican y se reasignan en otros trazos del imaginario. El proceso de la pintura mueve, paso a paso, el recorrido en espiral, hasta entonces improbable. Lo que transborda de la vida se envasa en la pintura hasta alcanzar el nivel de equilibrio entre el límite del pintor y el límite de la pintura. Se alcanza, de ese modo, a cada nueva obra un nuevo trecho de la espiral en la que el pintor, al devotarse a la pintura, es por ésta recreado como ser-pintor. Al girar un poco más la muela del molino de este ingenio que se inventó en el movimiento motriz del ser-pintor, en el siendo y haciendo la pintura.

Establecidas en su conjunto, las pinturas no se exponen a clasificación a priori, sino al observar exento de encuadramiento – por no recorrer caminos ya trillados, se colocan distantes de estéticas enmarcados. Distantes del camino que introdujo el Objeto de la Pintura en lugar del objeto de la naturaleza, presente en obras emblemáticas, desde su aparición en las pinturas del cubismo, y que, en la continuación, toma otro sesgo en la relación dialéctica entre cubismo y expresionismo. Aquí, me refiero a la llave estética extensa y mutante, que resultó de la rivalidad entre la naturaleza de la pintura y pintura de la naturaleza. Este proceso que se siguió determinó pinturas y otros imaginarios, al hurgar en la existencia sus figuras. Esta llave acoge ejemplarmente la pintura de Bacon y, en las letras, el texto de su émulo, Beckett.

Otro camino que, en la clasificación fácil se puede tomar como cercano, es el camino del Expresionismo Abstracto. Sin embargo, no le cabe. Allí, se flagra el gesto de seducción exhibicionista, la ausencia de contenido existencial, que en nada se aparentan con la pintura de Marcos Amaro. Su pintura se inicia en el enredo de líneas, generadas entre la pulsión y el afecto, modulada por las demandas de la existencia. El mosto formado madura entre clarificaciones y sombreados, entre inmersiones y emergencias. En ese movimiento todo se procesa simultáneamente y provoca el afrontamiento entre síntesis y contradicción. Este movimiento, fundamentalmente centrípeto, crea un sistema que, paso a paso, se distancia del entorno rumbo al eje, hasta tocar la soledad. Singular camino de individuación en el cual la obra, finalizada, se encuentra a sí misma y repele iluminador externo. Esa pintura se mantendrá intocada por luz incidente de cualquier naturaleza o intensidad. Esta pintura nos impondrá a la luz inmanente, a la luz de la existencia que, a sí misma se ilumina.

Antonio Helio Cabral – Mayo 2020

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